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Opinión

La rana, el Raj, los guardias y los prisioneros

Milton Henriquez

Autor: Milton Cohen-Henríquez Sasso

El Gobierno siempre toma la decisión correcta… luego de haber agotado todas las demás opciones.”

Refrán popular.

Cada vez que revisamos la historia y que repasamos episodios como el nazismo o las demás dictaduras -de izquierda y de derecha- que hemos padecido en el mundo, surge la pregunta ¿y cómo es que la gente aceptó someterse a eso? La respuesta es muy sencilla: poco a poco o mediante mucha violencia.

Un profesor quería contestar esta pregunta de forma muy gráfica. Trajo al salón de clases una rana, una olla con agua y una estufa. Puso a hervir el agua y echó la rana adentro. Al sentir el calor del agua hirviendo, la rana saltó hacia afuera rápidamente. El profesor recuperó la rana, cambió el agua por una a temperatura ambiente y colocó la rana adentro. La rana se dedicó a nadar plácidamente en el agua. Poco a poco el profesor fue aumentado la temperatura del agua con la estufa; la rana siguió disfrutando del agua, que se ponía cada vez más caldeada, con lo que se iban relajando los músculos de la rana; cuando el agua se puso de un calor intolerable, la rana ya no podía saltar.

El Raj, o dominio Británico en la India, perduró de 1858 a 1947; durante este tiempo, Gran Bretaña gobernó con unos cien mil funcionarios y otros ciento cincuenta mil soldados, sobre unos doscientos a cuatrocientos millones de personas, en un territorio que cubría los actuales estados de Pakistán, India, Bangladesh y Birmania/Myanmar. Este dominio de muy pocos sobre una población mil a dos mil veces mayor, terminó cuando un hombre llamado Mohandas K. Gandhi convenció a los otros cuatrocientos y tantos millones de indios (tanto hindúes, como musulmanes, sikhs y demás habitantes del Raj) que dejaran de obedecer. Esta desobediencia empezó cuando el Mahatma Gandhi anunció que iría al mar a producir sal. Esta idea que parece inocua, era un delito durante el Raj, ya que la producción de sal era un monopolio de los británicos; miles, decenas de miles y luego cientos de miles, lo siguieron en ese acto de desobediencia. Más adelante hizo otro tanto al producir la tela de su propia ropa -de hecho la imagen más icónica de Gandhi es hilando algodón para hacer tela- lo cual también estaba prohibido. Gandhi sabía perfectamente que producir sal o hilar y tejer telas, no quebraría económicamente al Imperio Británico, su intención era otra. El mensaje de Gandhi era que doscientos cincuenta mil británicos solo podían gobernar a cuatrocientos millones de indios en tanto y en cuanto estos últimos obedecieran a los primeros.

“El Estado soy yo.” –

Luis XIV de Francia.

Cristóbal Colón no era castellano ni aragonés. Magallanes tampoco lo era, ni tampoco era español, pero ambos emprendieron proyectos a beneficio de esos países y no de los suyos de nacimiento. Esto que ahora parece algo anormal, en ese tiempo era lo común y era así porque uno no estaba al servicio del país en donde nació, sino del rey al cual se sometía o se volvía súbdito. Para ser más precisos, el soberano no era el pueblo o la nación, sino el Rey. Por eso Luis XIV dijo su famosa frase y no mentía ni exageraba. 

El Estado es una entelequia que se ha creado para gobernar poblaciones; en su evolución se ha ido del “Yo” -el Rey- al ”Prójimo” -los ciudadanos- como depositarios de la soberanía o derecho a la obediencia. Sin embargo, en todos los casos, dicha obediencia está en función de que el soberano ejerza ese poder en beneficio de los súbditos. 

“Son pocos los que prefieren la libertad. La mayoría solo quiere un amo justo.”

Salustio

Así como Abraham Lincoln definió la Democracia como: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, los déspotas ilustrados definieron su sistema como: “Todo por el pueblo… pero sin el pueblo” y, a pesar de lo chocante de la frase, subyace el mandato del buen gobierno a favor de los gobernados aún cuando la forma de gobierno sea despótica. 

En 1971 el Profesor Philip Zimbardo hizo un experimento que fue conocido como El experimento de la cárcel de Stanford. En dicho experimento, el Profesor Zimbardo dividió a sus estudiantes – todos alumnos comunes y corrientes de la Universidad de Stanford- en dos grupos: uno de prisioneros y otro de guardias. Usaron un sótano de la universidad que convirtieron en celdas. A los prisioneros se les vistió con un mono naranja -como el que se usa en las cárceles- y a los guardias se les uniformó con camisa y pantalón caqui, gorras, lentes oscuros y tolete. El experimento debía durar dos semanas pero se tuvo que cancelar antes de una semana. Se canceló porque los guardias se pusieron cada vez más sádicos y los prisioneros fueron cada vez más sumisos, a pesar de que sabían que era un experimento y que todos estaban actuando roles.

En estos tiempos en que el modelo aspiracional es el Estado de Derecho, gobernado por el pueblo y para el pueblo, la realidad es que muy pocas naciones -incluyendo muchas que se definen como democráticas- tienen gobiernos realmente subordinados a la soberanía popular. La promesa de la democracia representativa nos hizo soñar con la soberanía del pueblo, pero la necesidad de intermediación -de allí lo de representativa– desvió el proyecto hacia el control de una minoría representativa (sic) sobre los demás.

Sin desconocer las excepciones, en la mayoría de nuestros países las estructuras del poder público trabajan en función de los intereses de oligarquías -tanto de la llamada derecha como de la llamada izquierda– y los beneficios que reciben los pueblos son más concesiones graciosas para mantener a la gente tranquila –pan y circo decían los romanos- que verdaderas políticas motivadas por el Bien Común.

Sea un jefe de tribu, un señor feudal, un rey, un emperador o un gobierno democrático representativo, la subordinación de un grupo mayoritario a una persona o a un grupo pequeño, para que administre el poder público, se hace por un propósito útil y hasta noble, pero nadie lo hace para ser vejado o maltratado. Por ello el derecho a rebelión y hasta magnicidio de un tirano, es reconocido en la doctrina y, si no lo fuera, igual acaba sucediendo. 

En estos días excepcionales en donde todos aceptamos mansamente -y también prudentemente- restricciones a nuestra libertad, la tendencia de los que gobiernan en función oligárquica, es la de acrecentar su poder sobre los pueblos y la de expoliar -o más francamente, robar- de los recursos públicos, todo lo que puedan, ya que actúan sin control externo y el confinamiento evita manifestaciones de repudio. Solo los países que tienen sólidas instituciones públicas, están saliendo indemnes -y hasta fortalecidos- de esta prueba de adversidad. Sin embargo, creo firmemente que, para aquellos que -en cualquiera de nuestros países- nos quieren robar nuestra libertad y nuestro patrimonio, la sonrisa se les va a convertir en mueca.

Sostengo esto no porque vaya a surgir un adalid que nos libere de la tiranía, sino porque cada vez surgen nuevas y mejores formas de darnos los bienes sociales sin necesidad de intervención del Estado. Estas nuevas formas de interactuar a través de redes inteligentes y de obtener la satisfacción a nuestras necesidades mediante plataformas ágiles, transparentes, de costo casi cero o muy barato y con poca intermediación, reducen significativamente las posibilidades del desperdicio y de la corrupción.

Esta situación de confinamiento y virtualidad ha provocado que muchas cosas “que no se podían hacer” -normalmente porque había mafias que lo impedían- ahora sean una realidad; esto también nos ha generado un mayor sentido de solidaridad y corresponsabilidad social y nos ha mostrado todo lo que podemos hacer por fuera de las burocracias públicas, a través de la iniciativa y la comunicación ciudadanas.

¿Hasta dónde la extensión de una Ley Seca es para evitar consecuencias nocivas del consumo irrestricto del alcohol y no para mantener un lucrativo “mercado negro”? ¿Por qué las bolsas de comida o los subsidios deben ser distribuidos por estructuras políticas y no mediante sistemas neutros y transparentes? Frente a esto, antes solo quedaba quejarse y protestar; hoy la gente tiene como saltarse las estructuras y satisfacer sus necesidades dándole la espalda al Estado.

Estamos a las puertas de un cambio de era, un cambio en donde realmente tomemos en nuestras manos la soberanía ciudadana y dejemos de ser objeto de juegos de poder entre elites -que solo nos quieren meter en la olla- y pasemos a un modelo verdaderamente participativo, responsable, efectivo y eficiente. 

En ese momento podremos decir: “El Estado somos nosotros” y el gobierno que nos demos, tomará decisiones correctas con las primeras opciones.

Artículo publicado originalmente en el blog de Milton Cohen-Henríquez Sasso

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